Una siesta en la retina
Hoy me he levantado como el día -dice mientras se reclina buscando postura para conciliar el sueño-. Tras tres días de sol, y una noche de lluvia, hoy el cielo está nublado y el "orbayu" hace acto de presencia a cada paso que das. La comida no ha sido opulenta, apenas unas cucharadas de puré (no tenía hambre). Aún así, se le cierran los ojos y está cansado; ha dormido mal y ha pasado una mala noche dolorido.
Estoy observando como duerme la siesta en el sofá. Tapándole los ojos para que no le moleste la claridad lleva un pañuelo, tal y como hacían con su gorra los pastores de los que desciende cuando se acostaban bajo una encina. Recuerdo verle con ese pañuelo a la hora de la siesta desde que era un crío, cuando me parecía tan alto y tan fuerte, cuando te abrigaba la seguridad al llevarte de la mano por el mercado, o cuando sujetaba el sillín de mi bicicleta, soltándolo de vez en cuando sin que yo me diese cuenta. Las manos que agarraban aquel sillín y mi propia mano, ahora están cruzadas sobre su vientre mientras duerme, quién sabe soñando con qué; siguen siendo de piel recia y áspera, agrietadas. Han sido manos recolectoras de algodón, tomates y espárragos, con escarcha y frío, con sudor y sol. Son manos que han portado una sierra a motor de 17 kilos, durante jornadas de sol a sol cuando cortaba madera en los montes de Santander, viviendo en chozos y bajando una vez a la semana a suministrar y a por la correspondencia. Luego la mina de carbón hizo el resto con sus manos y sus pulmones.
Hoy respira, veo como se elevan sus manos cuando se infla su vientre, aunque sus pulmones no son ni la sombra de lo que eran. Primero perdió la mitad, y ahora duerme con la mitad de la mitad.
En unas horas tomaré un avión y volveré a mi vida. Me marcho de casa para volver a casa. Posiblemente no vuelva hasta dentro de más de un mes, posiblemente vuelva en menos de una semana. Sea como sea, me llevo la imagen del sonido de la lluvia tras la ventana mientras le veo tan apaciblemente dormido, tan calmado, tan frágil, tan vivo como una estrella o una bombilla que está en su momentáneo y breve apogeo luminoso. Hoy le miro dormir como él me miraba cuando yo era un niño. Hoy me llevo una siesta en la retina.