Cena con mi padre, a mediados de los 50
de Rodolfo Serrano
Apenas yo tenía los años en que el mundo
era ese territorio donde todo era extraño
y Madrid la ciudad misteriosa y lejana,
donde olían los cielos a café y a tabaco.
Había un largo banco pegado a la pared
y un mostrador de cinc con azulejos blancos.
Y mi padre bebía un vasito de vino.
Y yo escuchaba absorto sus palabras. Callado
miraba las paredes con carteles de toros
y sentía en los ojos como un dulce cansancio.
Eran años difíciles, de hambres y de médicos.
Yo era un niño enfermizo, muy moreno y delgado.
Tenía no sé qué del corazón y el pecho.
Algo sin importancia. Tal vez fuera el pasado
de fríos en el pueblo, o la escasa comida,
o el ser el tercero entre los seis hermanos.
Mi padre me pidió una sopa y miraba
el papel del menú, lentamente, despacio,
como si aquellas letras fueran la medicina
más preciada del mundo y fueran esos platos
la inyeccion imposible de la penicilina
para todos los males de mi cuerpo delgado.
Luego, una pescadilla enroscada. Recuerdo
que mi padre me miraba comer y su mano
me acarició la frente. Dijo no tener hambre.
Y encendió, tierno y dulce, un cigarro de caldo.
Rodolfo Serrano